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   ¿Se ha preguntado y contestado con honestidad cuál es su peor enemigo? Algunos le damos vuelta a la idea pensando en quienes nos han hecho daño, ya sean supuestos amigos o en su caso familiares que nos dañaron. Sin embargo, aunque puede ser cierto que han existido personas que nos han hecho mucho daño, estoy convencido que el peor enemigo no está fuera de nosotros, sino más bien dentro de nosotros. Lo complicado del asunto resulta en que nosotros no queremos admitirlo, y la negación complica las cosas en diferentes situaciones en las que para poder armonizar con nosotros mismos tenemos que humillarnos. Asique, honestidad ante todo es 
"Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentdo por el mal, ni el tienta a nadie; sino que cada uno es tentado cuando de su propia concupiscencia es atraido y seducido"...
 indispensable, y esta es una característica o cualidad que todos tenemos, pero que en algunos casos cuando se trata de enfrentar los propios errores frente a los demás no estamos muy dispuestos a llevarla a la práctica. Estoy convencido que todos los seres humanos somos honestos, pero eso no quiere decir que en todas las situaciones y circunstancias la ponemos en práctica, y mucho menos cuando identificamos que nuestro ego puede ser herido. Muchas discusiones y conflictos se originan por razones internas que cada quien tiene, y por consecuencia en ocasiones discrepamos con quienes están a nuestro alrededor. Pasiones personales y hasta familiares se originan por ser uno mismo el auto enemigo, y no solo eso, sino aun las guerras entre naciones y pueblos se suceden por no dominar al enemigo interno que tenemos dentro de nosotros. El Dios de los cielos y que descendió en el cuerpo de Jesús lo dijo hace muchas generaciones atrás, y aun antes que El Maestro viniera en carne, el Proverbista inspirado por El Dios Eterno ya lo había dicho. 
¿Quién podrá entender sus propios errors? Librame de los que me son ocultos" Salmos 19:12
Noviembre 22 del 2014 
Por: Mario Peña Nieto
Santiago quien fue un hombre inspirado por Dios lo dijo con palabras claras; ¿De dónde vienen las guerras y los conflictos entre vosotros? ¿No vienen de vuestras pasiones que combaten en vuestros miembros? Codiciáis y no tenéis, por eso cometéis homicidio. Sois envidiosos y no podéis obtener, por eso combatís y hacéis guerra. No tenéis, porque no pedís. Pedís y no recibís, porque pedís con malos propósitos, para gastarlo en vuestros placeres (Stg. 4:1-3)El escritor habla de pasiones que combaten en nosotros, en nuestros miembros del cuerpo de carne, y querámoslo o no, en el ser humano gobierna una ley que es llamada la ley de la carne. Al menos así la identifica el apóstol Pablo en la carta a los Romanos; “pero veo otra ley en los miembros de mi cuerpo que hace guerra contra la ley de mi mente, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mis miembros” (Rom. 7:23)Es interesante notar como se usa en ambos pasajes el término miembros como partes del cuerpo; los ojos, los oídos, la lengua, las manos, y otras partes corporales que no viene al caso mencionar pero que si son miembros a los que Santiago y Pablo hacen referencia.   
Pero, ¿Cómo sucede eso de ser uno mismo su propio enemigo? ¿Dónde y cuándo se origina esa guerra interna? Nuestro Dios ha dicho que dentro de nosotros, pero no indica en que momento exacto. Nos toca entonces a nosotros aclarar los inicios de esa guerra, es nuestra obligación darnos cuenta a partir de cuándo se originó esa guerra. Creo importantísimo que comprendamos que para que exista una guerra se debe inferir que se requieren normas o leyes, pero en este caso han de ser normas personales y familiares en medio de las cuales nosotros nos movemos desde nuestra infancia. Entonces, para que exista una guerra han de existir violaciones a las normas que se tienen, y como resultado de no respetar o seguir esas reglas morales, sociales, o espirituales en las que se entra en conflicto. Por otro lado, al ver nuestro Dios la maldad del hombre en los días de Noé afirmo algo que hemos de considerar; “….la intención del corazón del hombre es mala desde su juventud” (Gen.8:21). El texto es claro al decir desde que etapa, y es que a partir de la juventud y desde la juventud el hombre ya razona, y sin duda se da cuenta de lo que hay en su mano derecha e izquierda. Al decir nuestro Dios “desde” aclara y considera esta etapa como el inicio o principio del pecado, pues en esa etapa el hombre ya razona lo que es la ley o norma, y no solo eso sino aún puede ir en contra de los propios valores que en su hogar se le inculcaron.     
Entonces es en el hogar en donde se comienza a identificar los primeros síntomas o señales de quien va a ser una persona aguerrida o una persona rencillosa, rencorosa o envidiosa. Los que somos o hemos sido padres de adolescentes podemos muy bien identificar esas primeras señales rebeldes, y sabemos que si no hay una disciplina adecuada ese joven se enfrentara a una infinidad de guerras internas que se proyectaran con argumentos verbales irracionales, y en algunos casos hasta físicas. No sabemos qué tipo de educación familiar recibió el joven Timoteo, tampoco tenemos idea que tanto se le enseño a controlar el enojo y a no ser tan apasionado, pero es muy significativo lo que Pablo le escribe en su segunda carta.  
"Huye, pues, de las pasiones juveniles y sigue la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que invocan al Señor con un corazón puro" (2ª. Tim. 2:22). Si leemos bien el contexto el apóstol Pablo insiste en que el joven Timoteo sea pacifico, en el verso 23 y 24 le repite con diferentes palabras que no sea pleitista por ideas o pensamientos que no traen fruto. Por otro lado, la etapa de la juventud se caracteriza por esa tendencia a discutir, y lo de menos es que se haga cuando hay una justa razón, pero si en el peor de los casos se vuelve un hábito al grado que la verdad es opacada por el carácter fuerte del joven. “La ira del hombre no obra la justicia de Dios” (Sant. 1:20).  Los adultos tenemos entonces la obligación de señalarles a los jóvenes cuando están siendo demasiados apasionados y que aún están a tiempo de cortar el hábito a ser contenciosos con pensamientos irracionales. 
      Entonces el espíritu rencilloso despierta conscientemente en la etapa de la juventud, y es allí cuando el ser humano empieza a ser su propio enemigo de una manera consciente y racional. El rencor, el capricho, el mal manejo del enojo, la envidia, los celos, y el egoísmo por solo nombrar algunas emociones negativas echan sus raíces en esta etapa de la juventud. Estoy convencido que en los primeros años de la vida (Entre los 8 y 15 años de edad) es cuando se echan los cimientos de esas tendencias, y que a partir de esa etapa se
determinara que tanto la persona se peleara con él o ella misma. Por supuesto que no podemos dejar de mencionar el mal manejo de la sexualidad en esta etapa de la vida, y me refiero a cuando el deseo por el sexo opuesto se empieza a presentar. De muchos es sabido, por no decir que por todos, que hoy día los jovencitos y las jovencitas son bombardeados por los medios de publicidad con mensajes subliminales sexuales que se asientan en sus pequeñas mentes. Pero la educación familiar juega un papel preponderante para compensar esta influencia que puede dañar al joven al no frenar sus tempranos instintos sexuales; comunicación sana, monitorear las diversiones, y estar al tanto de las amistades de los jóvenes son acciones que pueden ayudarles, y además evitar que en su futuro tengan guerras internas que se volverán en una parte de su peor enemigo. Por eso el rey Salomón aconsejo una y otra vez al joven lector de esos apetitos de la carne, que sin duda son parte de ese peor enemigo interno. El pasaje que más me llama la atención en este tema está en el capítulo 7 y verso 7; “Vi entre los simples, distinguí entre los muchachos a un joven falto de juicio”, y sin duda que este joven tendría guerras internas férreas que hasta el sueño le quitarían, y todo porque en el despertar de la sexualidad se apresuró y actuó antes de tiempo.  
 “Alégrate, joven en tu juventud, y tome placer tu corazón en los días de tu adolescencia; y anda en los caminos de tu corazón y en la vista de tus ojos; pero sabe, que sobre todas estas cosas te juzgara Dios” (Ecle. 11:7). El Creador sabe que el ser humano a partir de la juventud buscara los placeres de la vida, y el joven debe de saber que a partir de esa etapa ya será responsable ante Dios, y no solo eso, sino que a partir de esa etapa las guerras internas comenzaran. Allí es cuando se empezara a pelear con él o ella     
misma, a partir de la juventud se volverá en su propio enemigo si le da rienda suelta a los placeres de la carne. A los jóvenes se les está enseñando que deben de buscar la felicidad a costa de lo que sea, que lo importante en estos días es ser feliz, y que su corazón o emociones es lo que importa. Pero en algunos casos los jóvenes no se dan cuenta que su corazón los engaña; “Engañoso es el corazón las que todas las cosas y perverso; ¿Quién lo conocerá?” (Jere. 17:9-10). El auto engaño entonces es posible, y esto sucede porque al joven no se le advierte de lo peligroso y destructivo es que se le siga la corriente al corazón inexperto. Nuestro Dios le dice al joven la solución para que no se vuelva en su auto enemigo; “Quita, pues de tu corazón el enojo, y aparte de tu carne el mal; porque la adolescencia y la juventud son vanidad” (Ecle. 11:10). El problema de la auto enemistad entonces comienza cuando el joven le hace caso a su corazón en las conductas irracionales que van en contra de las normas, valores morales, y por supuesto en contra de los valores espirituales que previenen y libran de esos conflictos internos.   
La fortaleza del hombre consistirá entonces en que pueda dominar su ser interno con sus instintos y tendencias negativas. Pero su derrumbe como persona y su destrucción se deberá a la falta de dominio propio; “Como ciudad invadida y sin murallas es el hombre que no domina su espíritu” (Prover. 25:28), porque lo invadirán ideas irracionales que lo dominaran. Pero por el contrario el hombre que se encarga de controlar y dominar sus instintos será como una ciudad fortificada, y lo principal, que será dueño de si mismo. “Mejor es el lento para la ira que el poderoso, y el que domina su espíritu que el que toma una ciudad” (Prover. 16:32). Algunos entonces conquistaran países y territorios, y por supuesto a seres humanos, pero el que conquista o se hace dueño de su espíritu reinara en la eternidad si obedece al Dios de los cielos.    
El peor enemigo no es entonces el vecino, el peor familiar, o el hermano negativo de la iglesia, o si usted quiere ni Satanás. El peor enemigo es uno mismo con esas tendencias o instintos que quieren gobernar para desplacernos de la vida sana; Pablo lo dijo y lo aclaro en la carta a los Romanos, “pero veo otra ley en los miembros de mi cuerpo que hace guerra contra la ley de mi mente, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mis miembros” (Rom. 7:23). Los instintos tienen sus propias normas y reglas para alcanzar su satisfacción, pero cuando nosotros satisfacemos esos instintos de una manera que van en contra de las normas saludables, es cuando empieza la guerra 
 infernal. La lengua tiene la tendencia o instinto a querer hablar, pero cuando se sale de sus líneas saludables, entonces enciende un grande bosque con guerras familiares, y no solo eso sino hasta culturales, religiosas y nacionales. El ojo fue hecho para ver, y a este también se le deben de poner sus normas y limites, porque como dijo Salomón, “Nunca se cansa el ojo de ver, ni el oído de oír” (Ecle. 1:8). Si el hombre entonces no quiere estarse peleando continuamente con el mismo ha de ponerle atención a los miembros de su cuerpo; pero no solo a los miembros del cuerpo que son materia, sino más que todo a su propio espíritu o a su interior de donde surgen los pleitos que se exteriorizan en la vida personal, familiar, y por supuesto social.